02. octobre 2012
El arte es un ritual que pretende recordarnos eso que somos pero que hemos olvidado. Niños mexicanos, en toda su fragilidad y transfigurados por el proceso artístico, serán representados. La violencia existe, es algo que no puede soslayarse, cuando tratamos de negarla o le volteamos la cara para no verla, lo único que logramos es permitir que se propague como la peste. Esos niños, una vez captados por la cámara de Helnwein, quedan transformados, dejan de ser ellos mismos para devenir iconos. En cada imagen tendremos la oportunidad de detenernos para ver y así dejar de ignorar lo que es obvio y salta a la vista. Creando un equilibrio entre el vacío y la forma se muestran para mostrarnos “algo”. La representación es simulacro y en ese simulacro se puede ver más de lo que imaginamos. A nuestro paso, en los sótanos del Monumento a la Revolución y a lo largo de su explanada, iremos encontrando las imágenes de niños que en cada mirada nos dejarán intuir aquella unidad que se rompió en el origen, ilusión que debe permanecer en el mundo aunque sea como representación artística. “Los niños de México contienen en su rostro —dice Helnwein— todo el peso del tiempo…”, también contienen la historia, los mitos, todo eso que se ha callado pero que debe contarse, de nada sirve tratar de negar o dar la espalda a la belleza que estas imágenes representan, por eso miran así, porque guardan los secretos de la historia y las historias que jamás se contaron. Hoy vuelven a tomar un sitio. El sacrificio se ha realizado.
...